The old man and the window

Esta por salir para encontrarse con ella cuando le llega el mensaje : “No vengas”. 

No puede evitar un gesto de disgusto. Por la ventana se ve la noche londinense. 

Hacía quince días que había llegado a la ciudad proveniente de Madrid. Franco era argentino y tenia 63 años. A los 30 había partido de una Buenos Aires caótica para radicarse en Madrid. Era publicista y también pintor. A la capital española había llegado a fines de los ochenta. El gobierno socialista y la entrada de España en la Comunidad Europea le abrieron las puertas a la riqueza y el triunfo profesional. Fundó una empresa de publicidad, Magia, que mantuvo a flote a través de las crisis que llegaron luego en los sucesivos gobiernos socialistas y populares. Al final se cansó, vendió la compañía a un grupo chino por unos cuantos millones de euros y se dedicó a pensar qué haría con el resto de su vida. Estaba en eso cuando se acordó de una becaria de apenas 25 años, Maggie, con la que había tenido un affair en Madrid poco antes de que ella se volviera a Londres. Los primeros días los dedicó a recorrer museos y pensar cómo tenderle la tela de araña a la joven mujer. Por fin juntó coraje y la llamó. Ella pareció sorprendida y un poco reticente a encontrarse con él, le pidió unos días para pensarlo; lo recordaba con cariño pero no estaba segura si era la decisión correcta.

La noche le pesa a Franco. Tampoco él sabe si está haciendo lo que realmente quiere. Recuerda aquel día en Madrid. Salieron rumbo a El Escorial, quería mostrarle Croché, su bar preferido, a ella la atraía más el centro y sus discotecas electrónicas. Hacía mucho frío en aquella ciudad antigua, y había mucho silencio. Caminaron bajo la severa vista del monasterio y llegaron a Croché cuando las luces amarillas de la calle reemplazaban el atardecer.

La confitería estaba llena de parroquianos. En otra época una nube de humo de cigarrillos cubriría de niebla la barra, ahora estaba prohibido y los fumadores se agrupaban afuera charlando y compartiendo las inclemencias del tiempo. Tomaron un par de carajillos y charlaron sobre publicidad hasta que fue evidente la razón por la cual estaban allí. Ella quiso fumar y salieron afuera. Él ya no fumaba pero la acompañó igual. Franco intentaba no pensar que la joven tenía la misma edad que su hija, pero la silueta de ese cuerpo joven y los ojos salvajes de la muchacha lo excitaban. Cuando volvían le tomó la mano y ella se dejó llevar. Bajaron por esa calle desolada situada al costado del monasterio hasta el aparcamiento. Él se detuvo para mostrarle las luces de Madrid a lo lejos y aprovechó para abrazarla, ella no dijo nada. Se besaron despacio y Franco exploró aquel cuerpo como si fuera un adolescente. Luego caminaron hasta el coche, en silencio, como si cada uno estuviera pensando en qué harían después.

Fueron a un pequeño hotel boutique en Navacerrada. Tomaron un par de tapas y se dirigieron a la habitación. Aquella noche fue memorable para Franco. La muchacha se entregó alegremente y sin tapujos al amor. Por la mañana desayunaron y volvieron a la oficina. 

Vuelve  a mirar el teléfono y su mensaje. 

“Cenemos juntos y luego te llevo a tu casa”, le escribe en inglés. Es su último cartucho. 

Lo hace presintiendo que ella dirá que no. En el teléfono puede ver que ella está escribiendo. 

“Te gusta la comida india?”, contesta la muchacha.

Franco sonríe y recuerda la pesca de una trucha en el lago Aluminé. La caña se doblaba mientras él observaba el reflejo plateado del pez intentando hundirse y escapar. La sensación era alucinante, soltaba el carrete y luego volvía  ajustar y tirar. Casi lo mismo sentía ahora. 

“Sí, claro”, le responde. 

Ella le da el nombre de un restaurante indio y quedan en encontrarse en media hora. 

Vuelve a sonreír. La noche afuera ya no parece tan pesada. 

Chequea la distancia y verifica que son solo veinte minutos de caminata.

Sale a la calle. Hace frío y Londres es muy húmedo. La  gente con la que se cruza parece preocupada y molesta por aquel clima, él avanza sonriente.

No le gusta la comida india, es muy picante y siempre le deja sorpresas en el estomago al día siguiente, pero buscará algo lo suficientemente digestivo. 

Llega al restaurante, por suerte adentro el ambiente está cálido y no hay muchos comensales. El perfume de las especias lo abruma, pero ya se acostumbrará.

Pide una mesa y se la dan cerca de la puerta al lado de la ventana. 

Ahora a comenzado a caer una suave garúa helada. 

Le traen un Martini y lo saborea recordando aquella noche de amor con Maggie. 

La muchacha se demora apenas unos minutos después de la media hora acordada. Aparece enfundada en un tapado rojo que se quita tan pronto entra al restaurante. 

Está más bonita que la última vez que la vio, piensa Franco. Parece más madura y más mujer. 

Ella se acerca y titubea, no sabe cómo saludarlo, si a la manera española o a la inglesa. Él hombre se da cuenta y la abraza. 

El resplandor es enceguecedor. A la vez calor y dolor cuando Abbas, un inmigrante sirio, acciona su carga de explosivos justo detrás de la pareja. 

Ricardo Viti, 26 de marzo de 2017

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