Malvinas 2020

El paisaje no ha cambiado en absoluto: la bahía de aguas grises y frías, las casitas de colores vivos recostadas sobre la colina agreste, el viento que casi todos los días sopla fuerte pidiendo que te vayas, y las nubes que pasan raudas trayendo lluvia, granizo, nieve, sombras, todo en el mismo día y por el mismo precio. Y también está ese sol mezquino, tibio, que apenas calienta el ambiente. 

La cerveza helada de mirada ámbar lo observa ajena a sus pensamientos, apenas distraídos por algún grito de borracho temprano.

Ahora lo llaman Tom, pues tiene casi 50, pero en realidad siempre fue Tommy, como aquella mañana amarga igual que la cerveza en que llegaron ellos. 

No le gusta recordar esas cosas, pero resulta ineludible. Es como un gato agazapado que se desliza entre sus neuronas para atacarlo.

La noche anterior a la invasión fue más fría y oscura que de costumbre. Se acercaban los soldados de aquel país cercano pero a la vez tan lejano. 

Sus padres lo habían encerrado por precaución, con miedo a que sus irresponsables 12 años lo llevaran a hacer alguna travesura peligrosa. 

El infierno duró setenta días.

A media mañana tembló el suelo con el paso de decenas de carros de combate que recorrían el pueblo lastimando el pavimento y circulando por el lado contrario. Soldados de verde desfilaban victoriosos mientras cantaban en un lenguaje desconocido y extraño. 

Aquel fue el día en que se alió el odio con el desprecio y la monótona rutina que reina en las islas se vio interrumpida por una contienda tan absurda como corta. 

Sorbe el líquido amarillo esperando sin éxito que le anestesie la mente. 

Una mueca de disgusto y nostalgia se le refleja en el rostro cuando recuerda a su abuelo Archibald -veterano de las dos contiendas mundiales- sentado en la cocina de la casa de sus padres, mirando horrorizado por la ventana ese transcurrir verde del enemigo.

A sus 85 años la mente comenzó a jugarle al hombre malas pasadas. El acontecimiento incrementó y resucitó los monstruos de los dos grandes conflictos. Con el rostro contraído y voz asustada le contaba historias de las trincheras, del gas de mostaza, las bayonetas caladas, y luego saltaba a los tanques alemanes, a Hitler y su ejército eficiente.

Repetía que cuando todo terminó se escapó en el primer barco que vio en puerto para alejarse de la miseria de la posguerra, esa nave lo llevó a Malvinas, casi el fin del mundo, un lugar soñado donde nunca pasaba nada. Ahora la ironía del destino lo enfrentaba con otra conflagración en el patio de su casa.

Luego vino la primera crisis, fue unos días después de que llegaran, probablemente hacia mediados de abril. 

Se había pasado con el brandy y su presión se disparó.

Papá intentaba calmarlo cuando golpearon a la puerta. Eran soldados argentinos que buscaban armas o una radio con la que pudieran comunicarse con el enemigo -ambos elementos totalmente prohibidos-

 Un oficial, que hablaba inglés bastante bien, notó la alteración del abuelo y pidió un médico, que llegó en diez minutos. Al principio esto exasperó más al anciano, pero finalmente se dejó revisar, aunque a regañadientes. 

Mi hermana Sally, que también estaba allí en la cocina, se puso a charlar con otro oficial, esa fue la raíz de la segunda crisis.

Acaba la cerveza. Se levanta con esfuerzo y pide otra en la barra. 

Todavía hay más recuerdos que recuperar se dice a sí mismo, y la tarde es larga en verano y no tiene nada que hacer y Molly también se emborrachará pero sola en casa y cuando llegue tendré que aguantar sus gritos y reproches. Tal vez si te quedas más tiempo la encuentras dormida, le susurra su diablillo en la oreja izquierda.

Sonríe. 

Recoge el mug cargado del precioso líquido y se sienta mirando el paisaje.

Rememora otro temblor parecido al de los carros oruga pero distinto, más profundo. Eran los Vulcan bombardeando la pista. Tiraron varias bombas pero solo una la impactó y  complicó las operaciones aunque sin impedirlas.

Aquel día encontró a Sally con el oficial. Estaban cerca del viejo cementerio, charlaban animadamente tomados de la mano. Ella me vio y esa noche me hizo prometer que no diría nada ni a papá ni a mamá. 

Tendría que habérselo dicho.

¿Cuándo se tomó la mitad de la cerveza?

Después de poco más de un mes del inicio del conflicto llegaron rumores de un desembarco inglés inminente. 

El 8 de junio hubo un intento en Bahía Agradable pero desgraciadamente fue frustrado por ataques de la Fuerza Aérea Argentina. Decenas de soldados británicos fueron quemados vivos por efecto de las bombas.

Ése fue un golpe bajo para la moral de Port Stanley. 

Su abuelo, en la caminata habitual, descubrió a Sally y al oficial argentino fornicando en el antiguo cementerio.

Fue demasiado para el pobre viejo. Se quedó ahí, apoyado en una lápida, los ojos rojos abiertos y muertos mirando sin ver a la pecadora pareja. 

Yo lo supe porque Sally me lo contó llorando cuando terminó la contienda. Rolo, se llamaba Rolo Perutti el oficial, un joven subteniente de Infantería al que la guerra también le proporcionó la tibieza de una vagina inglesa.

Entran unos turistas al pub. No son bien recibidos por el pueblo, a pesar de que ayudan a la economía local. Sobre todo los argentinos. 

Uno de los turistas lo mira fijo. Al principio no le da importancia aunque siente que la mirada inquisidora es persistente. Entonces decide devolvérsela y se topa con un fantasma de hace 38 años. Es Rolo el que lo observa pero no está seguro si es él o no. Un Rolo arrugado y gordo que mira a un Tommy pelado y también gordo.

Cuando los dos se reconocen, Rolo se dirige a la barra rodeado de lo que parece ser su familia, una mujer de mediana edad y sus hijos.

La cerveza lo mira ahora con reproche, igual que su diablillo que, más rojo que nunca, le espeta a que le parta el mug en su cabeza.

Pero Tom/Tommy se queda quieto. Prefiere pensar que no es verdad lo que ha visto, que es solo una jugarreta de su dorada bebida.

Mañana será otro día, seguramente igual al de hoy. 

Se levanta. Y no sin esfuerzo, camina lento hacia la puerta, desoyendo ese lenguaje que aprendió a odiar hace 38 años.

El viento helado lo vuelve a la realidad.

Ricardo Viti, 16 de marzo de 2020

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