La Puerta del Sótano

Cerró los ojos y respiró profundamente. La primavera recién comenzaba en aquel septiembre del 2015 y todavía estaba fresco. María dormía con una manta finita. Acomodó el cuerpo, se estiró y tocó sin querer a Roberto, su pareja, que dormía plácidamente. La invadió una sensación de bienestar, protección, tibieza y poco a poco se fue deslizando por el tobogán del sueño. 

Bajó por el ascensor y llegó al sótano. Cuando estaba por salir se acordó de la puerta misteriosa que tanto la asustaba, una puerta extraña que tenía una cadena del lado de afuera y que casi siempre permanecía entornada, bloqueada por la llave de un caño. 

Detrás se veía oscuro. Paredes húmedas y descascaradas perdiéndose en la negrura creaban un ambiente lóbrego. Eso pensaba María cuando salió y se encontró con la puerta. 

De pronto escuchó, a lo lejos, el sollozo de un niño. Pasó el umbral y apareció aquel corredor oscuro solo interrumpido por las cañerías del edificio que emitían ruidos que parecían de cadenas arrastrándose. Caminó  hacia el origen del llanto. Al final el tunel giraba noventa grados, María sintió curiosidad de ver qué había del otro lado. Era una niña de espaldas y al acercarse ésta se dio vuelta. No tenía piernas y en los brazos acunaba a su muñeca Cincilicordia, una muñeca antigua que en el sueño estaba viva, pues se movía despacio. Tanto la pequeña como la muñeca estaban sucias y llenas de polvo. De pronto la niña dejó de llorar y sonrió malévolamente. 

Sintió un mareo repentino y al instante se encontró sentada en el suelo mientras observaba a María, quien la contemplaba con una sonrisa de triunfo en su rostro. La nueva María salía corriendo y ella, ahora en el cuerpo de la niña, se quedaba con su muñeca en los brazos. 

“¡Neeeeeeeeeeiiiiiiik!” Quiso gritar,  pero el sonido no le salió, solo un aullido desesperante que la despertó de su pesadilla. 

Se levantó y fue al baño. 

Se quitó el pijama y contempló su cuerpo reflejado en el espejo.

Despacio se acarició los brazos, el abdomen, el rostro.

Una sonrisa siniestra se dibujó en su boca.

Era un cuerpo nuevo el que tenía y debía aprender a usarlo…

Ricardo Viti, 27 de agosto de 2015

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