Las tres píldoras

-Rosario, te llamé para encontrarnos porque me pasó algo increíble que necesitaba compartir con alguien y pensé que vos eras la persona indicada.

-Mabel, vos sabés que podés confiarme lo que sea.

Mabel hace una pausa, mira a los ojos a su amiga de la infancia, y prosigue.

-Hace un mes y medio más o menos vino a mi consultorio una mujer muy extraña, parecía una típica bruja de cuentos para niños. Vestida de riguroso negro, arrugada, y con una joroba incipiente. Ojos grandes negros y hundidos en las órbitas, nariz aguileña con un par de verrugas horribles, labios casi inexistentes y unos cuantos dientes menos. 

Se llamaba Nelda. Le pedí que se desvistiera. Su cuerpo estaba lleno de tatuajes de símbolos paganos y olía ligeramente a azufre. Me dijo que su gato le había arañado en la espalda y no podía curarse “ahí atrás”.  La herida de la espalda parecía más de un tigre que de un gato, y estaba muy infectada. Se la limpié con cuidado, y me acuerdo que encontré una espina gruesa como un clavo. Le puse una venda y le pedí que volviera en unos días. Una semana más tarde apareció muy contenta y me dijo que se sentía mejor y tenia un regalo para mí. Eran tres píldoras negras. Me indicó que podía utilizarlas para sanar cualquier enfermedad, pero que habría que encontrar un destinatario para “pasarle” la dolencia, o yo sería el recipiente. 

Se fue feliz, y me quedé con las tres píldoras en la mano. 

Al principio no le hice caso a este asunto pero después me dio curiosidad y decidí hacer un experimento. Un amigo mío, Anibal, ¿te suena? tenia cáncer de páncreas grado cuatro, terminal, le quedaban una o dos semanas de vida.

Tomó una pastilla y al cabo de tres días no tenia ni rastro del cáncer y sus metástasis.

De acuerdo con las instrucciones de Nelda tenía una semana para sacarme el mal de encima. En el hospital encontré un hombre de 98 años en ese estado desesperante en que empiezan a fallar los órganos uno por uno. Me senté a su lado, me concentré, y murió delante de mí. Por suerte no hubo autopsia, hubiera resultado llamativo encontrar el cáncer de páncreas repentino.

-Lo que me contás suena increible -inserta Rosario.

-Si, quise creer que era casualidad, pero Anibal estaba completamente sano, por lo menos al principio. Al mes siguiente después de su curación se tiró debajo de las vías del tren. 

-Ay, Mabel, se me pone la piel de gallina – dice Rosario. 

-De todos modos, me quedaban dos pastillas y decidí usarlas. 

La hija de Estela, mi amiga de la secundaria, 12 años y leucemia galopante. Le di la pastilla y, para sorpresa de todos, se recuperó en menos de un mes. 

¿Sabés lo fácil que es encontrar moribundos en los hospitales? Hice lo mismo que con el primero.

-¿Y la chica? 

-No sé, se la llevaron a Chicago para hacerle más estudios.

Siento que también han ocurrido cambios en mí. De alguna manera vulnero mi juramento hipocrático, aunque estoy salvando a alguien de una muerte segura, lo cual es loable. 

-¿Y la tercera pastilla? -interrumpe Rosario.

-¿Te acordás de la cieguita de la estación de Martínez, esa mujer tan hermosa que pedía dinero por las mañanas? A ella le di la última pastilla; fue poco antes de que me enterara de que vos y mi marido se encontraban los miércoles en un “telo” de la Panamericana. Esa fue una buena venganza.

¿No ves?

Ricardo Viti. 10 de diciembre de 2018

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